No importa que tan relajada te encuentres. No cuenta que tanta confianza exista con el otro. No suma que seas desprejuiciada. No justifica que seas sexualmente evolucionada. No soluciona que intentes dar explicaciones. Nunca pero NUNCA por mas entregada que estés a los brazos del sexo puro, explícito, profundo y desenfrenado, permitas que tu esfínter se afloje... en la cara de tu amante.
Recuerdo que es masajista y que sus manos hacían milagros. Era tal la destreza y dedicación que tenía para hacerlo que parecía casi imposible no babearle la almohada. No había nadie capaz de conocer, investigar y conquistar el cuerpo humano como él. Todo un profesional. No puede haber sexo que termine mal si previo a eso te untan con varios aceites aromatizados y te dejan como un sahumerio viviente.
La cama estaba tirada en el piso porque no existía tal cosa. Apenas un colchón de una plaza en medio de un ambiente que intentaba ser cocina, comedor y, más adelante, también baño. La luz era tenue, la música agradable, los aromas deliciosos. En un escenario cómo ese, lástima de aquel de fuera capaz de atreverse a poner límites en el encuentro. Y yo no sería precisamente el caso.
Mi amante no sólo no tenía límites, al igual que yo, sino que además una gran predisposición para la exploración. Y esas manos milagrosas conquistaron cuánto espacio y recoveco encontraron a su paso. Pero claro, tanta conquista tanta conquista, el terreno se prepara para mayores desafíos. Su técnica consistía en alternar besos, caricias y sexo. Un poco de esto, otro poco de aquello y el cuerpo comenzaba a sufrir cambios. No alcanzaba a acostumbrarse a un estímulo que recibía el ataque por otro lado.
Me encontraba tirada en un sillón, completamente desnuda y entregada a un placer peligroso. Él, arrodillado frente a mí, se había dispuesto a ofrecerme tanto éxtasis como pudiese ser capaz de soportar. Pero, como dice el dicho, "no juegues con fuego que te podés quemar". En la medida en que comenzaba a fundirme en los placeres del orgasmo la energía contenida dentro de mí se expandía hacia fuera como un volcán en erupción transformada en forma de sonidos. Cuando ya creía no poder soportar tanta lujuria, cuando sentía desintegrarme por completo, cuando la relajación fue tan extrema, mi organismo no tuvo mejor idea que despedir del fondo de mis entrañas un pedo tan fédito, denso, sonoro e indegradable como el de un huevo duro caliente y recién pelado... ¡¡¡ directamente sobre su rostro !!!
¡¡¡ Por favor !!! Lo único que quería era encontrar el bendito botón de "eject" en ese puto sillón, que me empujara con un resorte desde el asiento hacia arriba, rompiendo la membrana del techo y con la fuerza suficiente para mandarme directo al espacio sin boleto de vuelta. ¡¡¡¡ ME QUERÍA MATAR !!!! ¡¡¡¡ La actriz porno al carajo !!!! Jamás me voy a olvidar la cara de asco que puso ese pibe fumándoselo todo sin anestesia. ¿¿¿¡ Dónde había quedado mi tránsito lento, mis constipaciones diarias... EH EH EH... DÓNDE !??? Mi cara se llenó de tanta sangre como fué posible, mis ojos estaban vidriosos a punto de romper en llanto y el olor a podrido ése que todavía no se evaporaba.
"Somos humanos"- me dijo. "Estas cosas pasan porque somos humanos. Si fuésemos máquinas, no sentiríamos nada, no disfrutaríamos ". El muy sorete, ¿encima trataba de ser comprensivo?¿De hacerme sentir bien? Me merecía que me sacara a la calle en pelotas NO que me diera el pésame total mas verguenza y humillación de la que sentía dificilmente pudiese experimentar. Estaba traumatizada. No me quedó más que vestirme como pude y salir "cagando" (JE!)
Era un gran masajista, sí. Era un amante dedicado, también. Pero para mí, de allí a la eternidad, siempre será "La historia del pedo en la cara".
martes, 19 de febrero de 2013
sábado, 16 de febrero de 2013
CÓMO SABER SI TU RELACIÓN ESTÁ CONDENADA AL ÉXITO
Nadie tiene la fórmula mágica para hacer que una relación funcione. Pasada la etapa de enamoramiento, las cosquillas en la panza, el sexo desenfrenado y el estar de acuerdo en todo, nos vamos encontrando con el otro. El verdadero otro. No aquel que nos encanta las veinticuatro horas del día sino al que, de tanto en tanto, desearíamos no haber conocido jamás.
Pero la verdad más absoluta posible se presenta frente a nuestras narices durante la convivencia. La entidad dentro de la cual uno aprende honesta e indefectiblemente a conocer, sin anestesia, todos los aspectos de aquella persona que hemos elegido para vivir “felices por siempre”.
Si bien no existe una manual de instrucciones sobre cómo ser una buena pareja todos, en mayor o menor medida, podemos intuir cuáles serían las situaciones cotidianas que nos den un panorama aproximado sobre el modelo a seguir o nos pronostique si nuestra relación posee un futuro promisorio.
De existir, de poder elaborar cuando menos una guía práctica de bolsillo sobre patrones actitudinales a tener en cuenta para clasificar nuestra relación, incluiría los siguientes.
En la cocina:
Cuando se vuelve de trabajar todo el día fuera de casa y, pese a que el otro estuvo de franco, no sólo no lavó los platos del mediodía sino que tampoco los del desayuno ni los de la noche anterior.
Cuando a uno le gusta la comida naturista, baja en calorías y preparada en el momento y al otro le fascina las grasas, aceites, fritos y picantes.
Cuando, luego de dejar las rejillas relucientes gracias a un intensivo tratamiento en lavandina, la agarran para limpiarse las zapatillas, el vidrio del auto o las sillas del parque.
Cuando uno tiene ganas de cocinar pero ignora donde están las cosas guardadas, pide ayuda y termina sigilosamente desapareciendo y dejando al otro con todo a cargo.
En los espacios comunes:
Cuando comienzan a aparecer por arte de magia distintas prendas tiradas todas con tanto desparpajo y desinterés que uno acaba por tener que preguntar o, lo que es peor aún oler, para identificar qué debe llevarse a lavar y que está limpio.
Cuando se desea pasar de un ambiente a otro de la casa y un grito desesperado a la voz de “¡NO! ¡Pará! Quedate un segundo ahí” nos indica que alguien aprovechó la ocasión para desgasificarse y hay que esperar que la ventilación haga lo suyo.
Cuando dejamos algo en un sitio porque ese es SU maldito sitio, el lugar donde finalmente sabremos que vamos a encontrarlo pero que cuando vamos a buscarlo alguien lo corrió. Y no lo solo lo corrió sino que además no tiene ni la menor idea de dónde pudo haberlo dejado.
Cuando te piden que les acerques cosas que tienen al alcance de sus manos o ayudes a buscar objetos perdidos que se encuentran frente a narices.
En el baño:
Cuando mientras uno se está higienizando ingresa el otro para hacer lo mismo en el mismo momento.
Cuando el hombre está orinando y la mujer al ver ocupado el inodoro orina en el bidet .
Cuando descubrimos o nos descubren limpiando las partes íntimas en el lavatorio y secándolas con la toalla de la cara. Y, peor aún, cuando advertimos que nuestro hombre puede llegar a atreverse a orinar su propia mano mientras se lava.
Cuando aparece el inodoro patinado, el rollo de papel higiénico vacío, el baño tapado, los pelos en la pared de la ducha o en la rejilla, el espejo salpicado, las toallitas a la vista en el tacho de residuos.
En la habitación:
Cuando se monta una silenciosa pero agresiva, premeditada y cruel lucha por el poder del control remoto o las frazadas.
Cuando nos realizamos la pedicuría, manicuría o depilación frente a nuestra pareja.
Cuando terminamos peleados y sin hablarnos tratando de resolver quién fue el último que se paró y por tanto el responsable de apagar la luz.
Cuando, mientras uno se despierta cinco minutos antes de que suene su despertador, el otro necesita poner una alarma que suene cada cinco minutos durante media hora.
Cuando, contrariamente al inicio del romance donde los cuerpos parecen siameses, establecemos una línea imaginaria en el medio de la cama donde nadie puede excederse del límite e invadir el espacio del otro y, menos que menos, hacer contacto físico.
Cuando uno de los dos es excesivamente caluroso y muere por dormir desnudo, destapado y con un ventilador o aire acondicionado mientras que el otro prefiere absolutamente todo lo contrario.
Cuando dejamos preparada encima de la cama la ropa que vamos a ponernos para la fiesta que tenemos esa noche y simplemente alguien se tiró encima de ella y la dejó como un pergamino.
Amigos/as, en lo que a mí respecta, si ustedes se ven familiarizado con alguno de estos ítems, sigan adelante a paso firme que su relación va viento en popa. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.
Pero la verdad más absoluta posible se presenta frente a nuestras narices durante la convivencia. La entidad dentro de la cual uno aprende honesta e indefectiblemente a conocer, sin anestesia, todos los aspectos de aquella persona que hemos elegido para vivir “felices por siempre”.
Si bien no existe una manual de instrucciones sobre cómo ser una buena pareja todos, en mayor o menor medida, podemos intuir cuáles serían las situaciones cotidianas que nos den un panorama aproximado sobre el modelo a seguir o nos pronostique si nuestra relación posee un futuro promisorio.
De existir, de poder elaborar cuando menos una guía práctica de bolsillo sobre patrones actitudinales a tener en cuenta para clasificar nuestra relación, incluiría los siguientes.
En la cocina:
Cuando se vuelve de trabajar todo el día fuera de casa y, pese a que el otro estuvo de franco, no sólo no lavó los platos del mediodía sino que tampoco los del desayuno ni los de la noche anterior.
Cuando a uno le gusta la comida naturista, baja en calorías y preparada en el momento y al otro le fascina las grasas, aceites, fritos y picantes.
Cuando, luego de dejar las rejillas relucientes gracias a un intensivo tratamiento en lavandina, la agarran para limpiarse las zapatillas, el vidrio del auto o las sillas del parque.
Cuando uno tiene ganas de cocinar pero ignora donde están las cosas guardadas, pide ayuda y termina sigilosamente desapareciendo y dejando al otro con todo a cargo.
En los espacios comunes:
Cuando comienzan a aparecer por arte de magia distintas prendas tiradas todas con tanto desparpajo y desinterés que uno acaba por tener que preguntar o, lo que es peor aún oler, para identificar qué debe llevarse a lavar y que está limpio.
Cuando se desea pasar de un ambiente a otro de la casa y un grito desesperado a la voz de “¡NO! ¡Pará! Quedate un segundo ahí” nos indica que alguien aprovechó la ocasión para desgasificarse y hay que esperar que la ventilación haga lo suyo.
Cuando dejamos algo en un sitio porque ese es SU maldito sitio, el lugar donde finalmente sabremos que vamos a encontrarlo pero que cuando vamos a buscarlo alguien lo corrió. Y no lo solo lo corrió sino que además no tiene ni la menor idea de dónde pudo haberlo dejado.
Cuando te piden que les acerques cosas que tienen al alcance de sus manos o ayudes a buscar objetos perdidos que se encuentran frente a narices.
En el baño:
Cuando mientras uno se está higienizando ingresa el otro para hacer lo mismo en el mismo momento.
Cuando el hombre está orinando y la mujer al ver ocupado el inodoro orina en el bidet .
Cuando descubrimos o nos descubren limpiando las partes íntimas en el lavatorio y secándolas con la toalla de la cara. Y, peor aún, cuando advertimos que nuestro hombre puede llegar a atreverse a orinar su propia mano mientras se lava.
Cuando aparece el inodoro patinado, el rollo de papel higiénico vacío, el baño tapado, los pelos en la pared de la ducha o en la rejilla, el espejo salpicado, las toallitas a la vista en el tacho de residuos.
En la habitación:
Cuando se monta una silenciosa pero agresiva, premeditada y cruel lucha por el poder del control remoto o las frazadas.
Cuando nos realizamos la pedicuría, manicuría o depilación frente a nuestra pareja.
Cuando terminamos peleados y sin hablarnos tratando de resolver quién fue el último que se paró y por tanto el responsable de apagar la luz.
Cuando, mientras uno se despierta cinco minutos antes de que suene su despertador, el otro necesita poner una alarma que suene cada cinco minutos durante media hora.
Cuando, contrariamente al inicio del romance donde los cuerpos parecen siameses, establecemos una línea imaginaria en el medio de la cama donde nadie puede excederse del límite e invadir el espacio del otro y, menos que menos, hacer contacto físico.
Cuando uno de los dos es excesivamente caluroso y muere por dormir desnudo, destapado y con un ventilador o aire acondicionado mientras que el otro prefiere absolutamente todo lo contrario.
Cuando dejamos preparada encima de la cama la ropa que vamos a ponernos para la fiesta que tenemos esa noche y simplemente alguien se tiró encima de ella y la dejó como un pergamino.
Amigos/as, en lo que a mí respecta, si ustedes se ven familiarizado con alguno de estos ítems, sigan adelante a paso firme que su relación va viento en popa. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.
lunes, 18 de junio de 2012
LA QUINCEAÑERA
Mi viejo, que al menos fue capaz de presentersarse en el mío luego de amenazar hasta la noche anterior en que no lo haría, sentenció que de ningún modo acudiría al cumpleaños de quince de la hija de su mujer. Actitud que a mí me resulta sumamente familiar. Lo que no me esperaba es que a cambio de su ausencia fuesemos mi hermana y yo en su representación. Para que nos ubiquemos, hace ya una década que pasé por ese momento mágico que tuve que aceptar, sin decir ni mú, porque el puto corralito se llevó mi posibilidad de irme a Disney SOLA tal y como me lo habían prometido. Y las cosas cambiaron bastante.
Por empezar, mi hermanita menor no es de la clase de quinceañeras putitas que uno puede cruzarse en cualquier esquina del centro. Digamos que posee un grado de niñez bastante elevado. Con lo cual me imaginaba un típico cumpleaños de princesas, con velas, llanto, vals, videos y poco alcohol. Embole total. Mi hermana no tuvo mejor idea que pedirle a nuestra mamá suplente que intente sentarla cerca de los hijos de sus amigas por las dudas de que hubiese algo potable que garronear.
Previo paso por la peluquería donde no solo me peinaron la cabeza como a Luisa Kuliok sino que además me peinaron para adentro, nos fuímos para la festichola. Nuestra mesa era la número dos. La mismísima mesa donde estaba sentado toda la familia directa. Es decir, de un lado del ring la mamá y, hermanitas Pombo de por medio, el papá de la chiquita que no tuvo ningún reparo en mirarme toda la noche las tetas y comentarlas con el tío lejano de la familia mientras su mujer ponía cara de no entender. Al lado de mi hermana, por calentona le salió mal la jugada, le sentaron al único (casi) hombre que consiguieron, hijo del tío lejano y la yonofuí, que resultaba ser el padrino de la pendeja. Era el mismísimo Carlos Baute con esa sonrisa dibujada en la cara que me daba ganas de borrarsela de una piña. Por supuesto que yo solo no le hablaba sino que además alentaba al muchacho a que conversara con mi hermana por pelotuda.

La cuestión fue que entre una y otra copa de vino blanco la historia se fue poniendo interesante y decidimos analizar semejanzas y diferencias de esa fiesta vs. nuestras fiestas. Y salieron las siguientes conclusiones de la cabeza de dos veteranas borrachas.
- Las pendejas de quince años tienen acceso a una ropa y zapatos que nosotras no sólo no podíamos comprar sino que si osábamos querer usarlo nos sacaban las ganas a patadas en el orto.
-Durante no menos de cuarenta minutos sonaron todas las canciones de música electrónica comercial que haya dando vueltas en el mercado.
- Al tiempo que sonaba "La ventanita del amor", previo soborno mío al disc jockey, nosotras estábamos a punto de explotar de la emoción, agarramos a la agasajada para bailar, comentando "que buena canción!!" y la gurrumina no tenía NI idea de quien era el grupo "Sombras".
- Los hombres siguen bailando entre ellos y las mujeres se franelean como si fuesen novias, van agarradas de la mano para todos lados, se sientan unas arribas de otras y se acarician, mas en una intención de provocar que de confidentes.
Un poco nos debemos haber contagiado nosotras que entre el plato principal y el postre nos metidos en el baño a sacarnos esta foto.

Cuando el alcohol hizo lo suyo, no solo bailé el meneaito y conversé con Carlitos Baute, sino que en un acto de total inconsciencia y frente a todos los presentes desconocidos, me acerqué al medio de la pista, en actitud maleva le toqué el hombro a un niño devenido en wachiturro y lo desafié a un duelo de baile al mejor estilo Tinelli. Todos los presentes hicieron una ronda en torno a nosotros y yo terminé demostrando que estaré un poco gorda, estresada y vieja pero a este cuerpito lo hago hacer milagros de tanto en tanto.
Con los tacos flojos de mis zapatos y la resaca a cuestas, nos subimos a un taxi pensando con qué pegarnosla en la fiesta electrónica a la que nos dirigíamos. Y ahora, un mes y medio después, todavía rechazo las invitaciones del facebook de los compañeritos del colegio que se deben clavar mas de una pensando en las hermanitas mayores.
Por empezar, mi hermanita menor no es de la clase de quinceañeras putitas que uno puede cruzarse en cualquier esquina del centro. Digamos que posee un grado de niñez bastante elevado. Con lo cual me imaginaba un típico cumpleaños de princesas, con velas, llanto, vals, videos y poco alcohol. Embole total. Mi hermana no tuvo mejor idea que pedirle a nuestra mamá suplente que intente sentarla cerca de los hijos de sus amigas por las dudas de que hubiese algo potable que garronear.
Previo paso por la peluquería donde no solo me peinaron la cabeza como a Luisa Kuliok sino que además me peinaron para adentro, nos fuímos para la festichola. Nuestra mesa era la número dos. La mismísima mesa donde estaba sentado toda la familia directa. Es decir, de un lado del ring la mamá y, hermanitas Pombo de por medio, el papá de la chiquita que no tuvo ningún reparo en mirarme toda la noche las tetas y comentarlas con el tío lejano de la familia mientras su mujer ponía cara de no entender. Al lado de mi hermana, por calentona le salió mal la jugada, le sentaron al único (casi) hombre que consiguieron, hijo del tío lejano y la yonofuí, que resultaba ser el padrino de la pendeja. Era el mismísimo Carlos Baute con esa sonrisa dibujada en la cara que me daba ganas de borrarsela de una piña. Por supuesto que yo solo no le hablaba sino que además alentaba al muchacho a que conversara con mi hermana por pelotuda.

La cuestión fue que entre una y otra copa de vino blanco la historia se fue poniendo interesante y decidimos analizar semejanzas y diferencias de esa fiesta vs. nuestras fiestas. Y salieron las siguientes conclusiones de la cabeza de dos veteranas borrachas.
- Las pendejas de quince años tienen acceso a una ropa y zapatos que nosotras no sólo no podíamos comprar sino que si osábamos querer usarlo nos sacaban las ganas a patadas en el orto.
-Durante no menos de cuarenta minutos sonaron todas las canciones de música electrónica comercial que haya dando vueltas en el mercado.
- Al tiempo que sonaba "La ventanita del amor", previo soborno mío al disc jockey, nosotras estábamos a punto de explotar de la emoción, agarramos a la agasajada para bailar, comentando "que buena canción!!" y la gurrumina no tenía NI idea de quien era el grupo "Sombras".
- Los hombres siguen bailando entre ellos y las mujeres se franelean como si fuesen novias, van agarradas de la mano para todos lados, se sientan unas arribas de otras y se acarician, mas en una intención de provocar que de confidentes.
Un poco nos debemos haber contagiado nosotras que entre el plato principal y el postre nos metidos en el baño a sacarnos esta foto.

Cuando el alcohol hizo lo suyo, no solo bailé el meneaito y conversé con Carlitos Baute, sino que en un acto de total inconsciencia y frente a todos los presentes desconocidos, me acerqué al medio de la pista, en actitud maleva le toqué el hombro a un niño devenido en wachiturro y lo desafié a un duelo de baile al mejor estilo Tinelli. Todos los presentes hicieron una ronda en torno a nosotros y yo terminé demostrando que estaré un poco gorda, estresada y vieja pero a este cuerpito lo hago hacer milagros de tanto en tanto.
Con los tacos flojos de mis zapatos y la resaca a cuestas, nos subimos a un taxi pensando con qué pegarnosla en la fiesta electrónica a la que nos dirigíamos. Y ahora, un mes y medio después, todavía rechazo las invitaciones del facebook de los compañeritos del colegio que se deben clavar mas de una pensando en las hermanitas mayores.
miércoles, 25 de abril de 2012
LICENCIA PARA AMAR
Amigos mios, henos aqui nuevamente, luego de unas extensas vacaciones en las que me dispuse a navegar en los mares del amor, el sexo, la comida, la música y todo lo que trae aparejado estar saliendo con alguien.
Sí. Me tomé una licencia para amar. Pero los extrañaba. Les cuento que me dí cuenta de algo. Me dí cuenta de que cuando estamos de novio, en realidad, nos estamos tomando una licencia. Elegimos a un/a pobre desgraciado/a a quien regalarle toooooooooooooodas las atenciones que seríamos incapaces de otorgarle a nadie mas. Que incluso negaríamos a nosotros mismos.
En nombre del amor somos capaces de aprendernos la receta de su comida favorita, practicar alguna religión distinta e incluso, ofrecer nuestras esculpidas manos para rascarle la espalda. Así es. Asumimos que somos capaces de masajearle los pies luego de un intenso día de trabajo. De ponernos a dieta. Arrancar el gimnasio. Y en el caso de los mas osados, entablar relaciones amistosas, cuanto menos cordiales, con sus ex novios/as porque ellos terminaron bien. Aceptamos de buena manera sacrificar valiosos treinta minutos de sueño para llevarle el desayuno a la cama casi todas las mañanas. Asimilamos que tiene una relación casi matrimonial con su perro y damos el visto bueno a que, de tanto en tanto, lo suba a los pies de cama.
Desarrollamos una enoooooooooooorme paciencia y contamos hasta cien antes de osar levantar ínfimamente el tono de voz. Sonreímos exageradamente porque alguna vez nos dijo que le gustaba nuestra sonrisa. Nos cortamos los dedos antes de llamar para hacerle un reclamo porque nos volvemos comprensivos, tolerantes y lógicos. Si nuestro/a compañero/a posee un trabajo con cierto grado de exposición entendemos que recibir propuestas indecentes del sexo opuesto tiene que ver con las reglas del juego. Nos quedamos toda la noche en vela si tiene fiebre.
Pero a cambio, con toda la sutileza posible, exigimos. A mí, por ejemplo, me gusta que mi hombre me rasque la cabeza, me haga masajes, me traiga el desayuno a la cama, espere a que pasen mínimo quince minutos para dejar de hacerme cucharita y atrincherarse en la otra punta de la cama donde mis piernas calientes y mi culo frío no llegan a tocarlo. Le exijo que me haga felíz estirando la cortina del baño cuando está mojada, que se saque el calzón para meterse en la cama, que se deje apretar granos y sacar pelos encarnados, que acepte que mi celular debe sonar desde las siete hasta los ocho de la mañana, cada diez minutos, para terminar levantándome finalmente a la misma hora que él.
A mi que no me vendan verdura. Yo no me fumo esa historieta de "dar sin recibir nada a cambio", no señor! A mí, si me conquistaste con los masajes de vaselina que arrancan en la nuca y terminan en quilombo, ni se te ocurra hacerte el cancherito diciendo que te duelen las manos. De ninguna manera. Yo te compro los frutos secos, acepto que te hagas vegetariano, practicamos el sexo taoísta y te ayudo a soldar los cables porque andas con problemas para enfocar pero vos me acompañas al cumpleaños de la tía Chola, me armas el bolso del gimnasio cuando sabes que ando corta de tiempo, aceptas mi inevitable impulso a interrimpurte antes de acabar cada frase para meter acotaciones y me piropeas mucho para contrarrestar los cuatro kilos que no puedo sacarme de encima.
De esto me dí cuenta, entre tantas otras cosas, en este tiempo de licencia. Pero acá estamos. Ustedes lo pidieron, amiguitos/as, ustedes lo tienen. Calentemos otra vez los motores, hagamos arder las cubiertas, ajustémonos el cinturón. Volví. Me quedo. Vení, SUBITE A MI CAMION.
Este posteo va dedicado a Rocío, María Cecilia, Sebastían, De tu madre y María Eugenia, que fueron los primeros cinco en sugerir mi regreso. Y también a Juanjo, Paula, Vicky, Federico, Romina, Anahí, Marcelo, Enriqueta, Paula, la Atucha, Jose, Juliana, elnegrofón, Markus, Nenu, el melli Maxi, Juan Ignacio y La Tola. Y muy pero muy especialmente, a ANITA Y SEBA, que si no fuera porque el embarazo los sensibilizó, estaban a punto de quitarme el saludo. AH! Y al ANTIGALAN, que contra todo pronóstico (tal como lo indica su apodo), se adueñó rotundamente de mi corazón
domingo, 29 de enero de 2012
EL SINDROME DEL HIJO DEL MEDIO
Siempre tuve la culpa de todo. Quizá sea el síndrome del hijo del medio. Mi karma. Nada será suficiente nunca. No alcanza con ser el mejor de tu clase, ni el mas educado. No importa si trabajas desde chico para pagarte tus estudios. Vas a pasar siempre desapercibido. Nunca te van a dar la ropa mas linda sino, por el contrario, vas a heredar la de tus hermanos mayores. Lo tuyo son los juguetes usados. Vas a tener la culpa de todo porque el menor siempre será el mas chico. Vas a querer hacer el mínimo ruido posible y causar la menor cantidad de problemas porque sabes que bastante tuvieron ya con los mas grandes y tienen que ocupar su atención en el bebé. "No es que no te demos bola, simplemente siempre fuiste la que causó menos dolores de cabeza", es la frase que tiene que conformarte.
El hijo del medio crece independiente. Desarrolla una asombrosa capacidad para ser invisible. Paga todos los platos rotos y aprende a conformarse con lo que hay. Su destino es ese. No hay nada que hacer. No hay sacrificio que alcance. Confunden su nombre con el de sus hermanos o lo categorizan como "la hermano/a de..." . Siempre recibe los peores castigos. Vive a la sombra de sus mayores y protegiendo al menor. Generalmente es el primero en irse de su casa.
Pero el hijo del medio se hace adulto. Crece. Entiende su futuro como una chance para dar vuelta la hoja. Es LA oportunidad para liberarse. Para sentirse importante en la vida de alguien. Para ser reconocido. El hijo del medio generalmente es buen compañero. Buen empleado. Buen amigo. Buen novio. Sabe arreglarselas solo. Se destaca en al menos una actividad. Es solidario. Y solitario. Exigente consigo mismo. Busca y necesita reconocimiento.
Cuando el hijo del medio se enamora hace lo posible para que el otro vislumbre sus méritos. Le pregunta veinte veces si estaba rica la comida, si lo quiere, le concede los gustos, se esmera, satisface sus deseos. Pero un día alguien se lo recuerda. Lo agarra fuerte por los brazos y lo sacude rabiosamente. "Y si, capaz que es tu culpa" -le dice.
Nunca será suficiente nada de lo que haga porque siempre tendrá la culpa de todo. No en vano siempre fue el hijo del medio
El hijo del medio crece independiente. Desarrolla una asombrosa capacidad para ser invisible. Paga todos los platos rotos y aprende a conformarse con lo que hay. Su destino es ese. No hay nada que hacer. No hay sacrificio que alcance. Confunden su nombre con el de sus hermanos o lo categorizan como "la hermano/a de..." . Siempre recibe los peores castigos. Vive a la sombra de sus mayores y protegiendo al menor. Generalmente es el primero en irse de su casa.
Pero el hijo del medio se hace adulto. Crece. Entiende su futuro como una chance para dar vuelta la hoja. Es LA oportunidad para liberarse. Para sentirse importante en la vida de alguien. Para ser reconocido. El hijo del medio generalmente es buen compañero. Buen empleado. Buen amigo. Buen novio. Sabe arreglarselas solo. Se destaca en al menos una actividad. Es solidario. Y solitario. Exigente consigo mismo. Busca y necesita reconocimiento.
Cuando el hijo del medio se enamora hace lo posible para que el otro vislumbre sus méritos. Le pregunta veinte veces si estaba rica la comida, si lo quiere, le concede los gustos, se esmera, satisface sus deseos. Pero un día alguien se lo recuerda. Lo agarra fuerte por los brazos y lo sacude rabiosamente. "Y si, capaz que es tu culpa" -le dice.
Nunca será suficiente nada de lo que haga porque siempre tendrá la culpa de todo. No en vano siempre fue el hijo del medio
NO ESTA TAN MAL CUMPLIR AÑOS
Cumplir años es un pijazo en el orto de chanfle. No solo envejeces sino que el espejo te escupe en la cara la verdad de tus propias miserias. Te das cuenta que todo lo que te decían tus mayores, esos a los que pocas veces tomas en cuenta, se va convirtiendo en realidad. Y los años se escurren entre las manos como la arena. No hay vuelta atrás. Lo que te funcionaba hasta hace apenas unos meses capaz que ahora pierde todo tipo de eficacia. Se te cae el culo, la celulitis amenaza con hacer una pandemia en todo el cuerpo, ya no sirve eso de estar dos días haciendo huelga de hambre. No no, lo que se deposita en la chicha ahí se queda hasta que decidas internarte en terapia intensiva gimnástica o te sometas a la cariñosa y siempre amiga ayuda de algún aparatejo ultracavitador o al bisturí afilado de cualquier mediquito que atienda por OSDE.
Pero cumplir años no es solo eso. A veces te agarra el raye y a pesar de que, en apariencia, no haya mucho que festejar, decidís organizar una fiesta en tu casa e invitar a las mismas ciento cincuenta personas de siempre a sabiendas de que solo van a venir cuarenta para que las ciento diez restantes te den mil y un excusas pelotudas (que no pedís ni necesitás) de por qué se ausentaron.
Y ahí estás vos, corriendo de aquí para allá obsesionada de que todos estén a gusto, contentos, conformes, estresada, aburrida, de mal humor, hablandole mal a todo el que se cruza en tu camino, pero atenta. Te ponés insufrible, colérica y angustiada porque la están pasando bien todos menos vos.
"Cambiá la música", "no hay mas hielo", "de verdad vas a poner ese tema?", "un vaso de vidrio no tenés?", "venía a bailar acá", "andá para allá que tu compañero del instituto está solo", "soplá la vela", "cortá la torta", "pedí tres deseos", "andá", "vení", "poné", "tomá", "traeme"... Y en un momento explotás. Alguien dice que te calmes pero no podés. Hacer eventos requiere de una responsabilidad enorme.
La estás pasando mal porque sos una perfeccionista, insegura y conflictiva. Pero ahí aparece el salvavidas. Ese que se da cuenta que vas a matar a alguien, te vas a ir a dormir enojada sin saludar o los vas a empezar a echar de a uno. "Andá fumarte un porro"- te dicen. "Este es tu cumpleaños, acá la única que tiene que disfrutar sos vos, el resto que se acomode, dejalo fluir". Y hacés caso. De a poco, sin forzarlo ni acelerarle la cocción, te transformás. Fluís. Largás la notebook a la mierda y esperas que si a alguien le pinta se haga cargo de la música. Empezas a disfrutar. Descubrís que la mesa está llena de bebidas que preguntan por vos, canciones exijen ser bailadas y cantadas.
Finalmente terminás bailando la lambada con tu hermana, amenazando con hacer desaparecer la botella debajo de tu vestido al ritmo de un meneo escandaloso, haciendo un pogo rabioso en el estribillo de "jijiji" y abrazada a los amigos de tu novio contando chistes subidos de tono con total desparpajo.
No está tan mal cumplir años.
Pero cumplir años no es solo eso. A veces te agarra el raye y a pesar de que, en apariencia, no haya mucho que festejar, decidís organizar una fiesta en tu casa e invitar a las mismas ciento cincuenta personas de siempre a sabiendas de que solo van a venir cuarenta para que las ciento diez restantes te den mil y un excusas pelotudas (que no pedís ni necesitás) de por qué se ausentaron.
Y ahí estás vos, corriendo de aquí para allá obsesionada de que todos estén a gusto, contentos, conformes, estresada, aburrida, de mal humor, hablandole mal a todo el que se cruza en tu camino, pero atenta. Te ponés insufrible, colérica y angustiada porque la están pasando bien todos menos vos.
"Cambiá la música", "no hay mas hielo", "de verdad vas a poner ese tema?", "un vaso de vidrio no tenés?", "venía a bailar acá", "andá para allá que tu compañero del instituto está solo", "soplá la vela", "cortá la torta", "pedí tres deseos", "andá", "vení", "poné", "tomá", "traeme"... Y en un momento explotás. Alguien dice que te calmes pero no podés. Hacer eventos requiere de una responsabilidad enorme.
La estás pasando mal porque sos una perfeccionista, insegura y conflictiva. Pero ahí aparece el salvavidas. Ese que se da cuenta que vas a matar a alguien, te vas a ir a dormir enojada sin saludar o los vas a empezar a echar de a uno. "Andá fumarte un porro"- te dicen. "Este es tu cumpleaños, acá la única que tiene que disfrutar sos vos, el resto que se acomode, dejalo fluir". Y hacés caso. De a poco, sin forzarlo ni acelerarle la cocción, te transformás. Fluís. Largás la notebook a la mierda y esperas que si a alguien le pinta se haga cargo de la música. Empezas a disfrutar. Descubrís que la mesa está llena de bebidas que preguntan por vos, canciones exijen ser bailadas y cantadas.
Finalmente terminás bailando la lambada con tu hermana, amenazando con hacer desaparecer la botella debajo de tu vestido al ritmo de un meneo escandaloso, haciendo un pogo rabioso en el estribillo de "jijiji" y abrazada a los amigos de tu novio contando chistes subidos de tono con total desparpajo.
No está tan mal cumplir años.
LA ROMPE BOLAS
Pocas veces tuve las cosas claras en mi vida pero si hay algo que sé, positivamente, es que no quiero ser la típica rompe bolas. Quizá el hecho de haber tenido tantos amigos varones me sirvió para arribar a la conclusión de que, a la hora de referirse a las mujeres, todos las definen como: ES UNA ROMPE BOLAS. Y ese fantasma me persiguió hasta debajo de la cama. Siempre tuve bastante claro que no quería convertirme en una. Ahora me queda solo preguntarme: ¿Cómo hago? ¿Cuáles son los parámetros para medir el grado de rotura de huevos y saber así donde pararse?
Las variables son miles. Deben existir tantas como mujeres en esta tierra. Y la realidad es que, por mas esfuerzo que pongamos por lograrlo, al menos en un momento de nuestras vidas, vamos a convertirnos en una soberana y experimentada rompe bolas. Con este asunto me pasa lo mismo que con la infidelidad, mi creencia es que: "de la muerte, los cuernos y la rotura de huevos, no se salva nadie". Esto no significa necesariamente que en todas las relaciones que podamos tener con el sexo opuesto nos vayan a clavar los cuernos como asi tampoco que nosotras seamos unas pesadas. Solo digo que a lo largo de nuestras vidas, al menos una vez, sucederán ambas.
Ahora bien. Quizá los valores o categorías que encierran a los distintos tipos de rompe bolas, se vean influenciados por el grado de tolerancia del otro. Con lo cual una misma mujer bien podría llegar a parecerle insoportable a un novio mientras que a otro, un encanto. En lo que a mí respecta, siempre preferí huir despavorida de cualquier relación antes de que mi compañía aprovechara conversación entre amigos, familiares o compañeros de trabajo para concluír en la idea de que soy habilidosa y experta para secar los huevos. Incluso en relaciones ocasionales he llegado a tomarme un taxi o convertirme en pizza muchísimo antes de darle el gusto al otro de hacerlo. Desaparecer. See you. Como un fantasma, como un sueño. O en relaciones sólidas tolerar todo tipo de planteos y plantadas sin decir ni mú porque, no fuera a ser cosa de que el otro piense así de mí.
Pero los años pasan y una se va haciendo grande. La vejez trae acarreada consigo misma características tales como miedo, resignación, relegamiento e incluso rompebolez. Será cuestión de habilidad tratar de dosificarla. Pero hay que asumirlo, aceptarlo, no se puede escapar de la propia naturaleza. Habrá cuanto mucho aplicar seductoramente el filtro, menguarlo, maquillarlo un poco para que se note menos. O en el peor de los casos, conseguirse alguien que nos acepte como somos. Tal y como nosotras aceptamos los partidos del domingo, los almuerzos en casa de su madre, los caprichos de sus hijos, sus hábitos, el espejo del baño salpicado, la ropa desparramada en el piso, las peñas y el constante zapping del televisor, quizá sea hora de que los hombres acepten estoicamente que nos gusta, en mayor o menor medida, romper las bolas.
Las variables son miles. Deben existir tantas como mujeres en esta tierra. Y la realidad es que, por mas esfuerzo que pongamos por lograrlo, al menos en un momento de nuestras vidas, vamos a convertirnos en una soberana y experimentada rompe bolas. Con este asunto me pasa lo mismo que con la infidelidad, mi creencia es que: "de la muerte, los cuernos y la rotura de huevos, no se salva nadie". Esto no significa necesariamente que en todas las relaciones que podamos tener con el sexo opuesto nos vayan a clavar los cuernos como asi tampoco que nosotras seamos unas pesadas. Solo digo que a lo largo de nuestras vidas, al menos una vez, sucederán ambas.
Ahora bien. Quizá los valores o categorías que encierran a los distintos tipos de rompe bolas, se vean influenciados por el grado de tolerancia del otro. Con lo cual una misma mujer bien podría llegar a parecerle insoportable a un novio mientras que a otro, un encanto. En lo que a mí respecta, siempre preferí huir despavorida de cualquier relación antes de que mi compañía aprovechara conversación entre amigos, familiares o compañeros de trabajo para concluír en la idea de que soy habilidosa y experta para secar los huevos. Incluso en relaciones ocasionales he llegado a tomarme un taxi o convertirme en pizza muchísimo antes de darle el gusto al otro de hacerlo. Desaparecer. See you. Como un fantasma, como un sueño. O en relaciones sólidas tolerar todo tipo de planteos y plantadas sin decir ni mú porque, no fuera a ser cosa de que el otro piense así de mí.
Pero los años pasan y una se va haciendo grande. La vejez trae acarreada consigo misma características tales como miedo, resignación, relegamiento e incluso rompebolez. Será cuestión de habilidad tratar de dosificarla. Pero hay que asumirlo, aceptarlo, no se puede escapar de la propia naturaleza. Habrá cuanto mucho aplicar seductoramente el filtro, menguarlo, maquillarlo un poco para que se note menos. O en el peor de los casos, conseguirse alguien que nos acepte como somos. Tal y como nosotras aceptamos los partidos del domingo, los almuerzos en casa de su madre, los caprichos de sus hijos, sus hábitos, el espejo del baño salpicado, la ropa desparramada en el piso, las peñas y el constante zapping del televisor, quizá sea hora de que los hombres acepten estoicamente que nos gusta, en mayor o menor medida, romper las bolas.
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