miércoles, 14 de mayo de 2025

CRONICA DE UN NACIMIENTO MÚLTIPLE: porque parir tambien es morir

Quiero dejar un mensaje claro: la maternidad no se parece en nada a lo que te venden en los comerciales, las redes sociales y las revistas. 


Me encantaría quitar el velo rosado de romanticismo que cubre a la maternidad y darle esa cuota de realidad que tiene. Por empezar (y esto es absolutamente personal) ser madre no es lo mejor que te puede pasar en la vida. Ganarte un viaje a las Bahamas all inclusive en un concurso de radio podría serlo, pero ser madre no lo es.


Me detengo acá porque vale la aclaración: la persona que venga a decirme frases del tipo "y si no querías ser madre para que lo tuviste" o lo que es peor aún "hubieses cerrado las piernas", que cierre el esfinter porque suele ser el mismo perfil de individuo que cuando lo abortas proclama "el feto tiene sentimientos y era un potencial ingeniero". 


Retomo: ser madre no es lo mejor que te puede pasar en la vida aunque debo reconocer que es la experiencia más trascendental que puedas tener; un viaje interior donde indefectiblemente debes cuestionarte todo lo que sabías (o creías saber) hasta el momento. 



En segundo lugar así luce el cuerpo de una mujer a seis días de haber parido. Por que aunque muy a mi pesar tuve una cesárea, a mi hijo lo parí. Parí cada contracción, cada pujo que hice, parí los diez centímetros que dilaté y también la decisión de ir a cirugía cuando me dijeron que sus pulsaciones estaban bajando y que eso podía provocarle sufrimiento. 


Y fue entonces que nacimos. Nació él -mi adorable hijo- y nací yo como madre. Además de nosotros dos nacieron la culpa, los miedos, el insomnio, la angustia. Y sobre todo nació un amor tan inmenso y desconocido que abruma. Un amor capaz de matar o morir por protegerle. 


Con el nacimiento de un hijo también nacen un centenar de opinologos que creyeron y siguen creyendo saber mejor que vos cuáles son las necesidades de tu cachorro y ahora entiendo porque todas mis perras, al haber parido sus crías, le mostraban los dientes y gruñían a todo aquel que quisiera acercarse. 


Y por último, como todo en la vida es cíclico para mantener el orden cósmico, existe también una muerte. Muere la mujer que eras: se extingue, desaparece, se esfuma. Mueren tus prioridades, tu ego, tu individualidad y tu identificación con el cuerpo. Muere tu apego a lo superficial.


Olvidate de vos amiga. Game over. Tirate de cabeza a las profundidades más oscuras de tu psiquismo para hacer la limpieza que no haces ni en tus placares cuando cambia la temporada. Ah... Vos sí querías ser madre? O sea, lo planeaste, lo buscaste, quedaste embarazada y hasta elegiste el día que nazca para que sea de Sagitario en vez de Capricornio? Da igual, la carga mental no discrimina. No te preocupes, todo se pondrá peor. ¿Te suena la frase: "chicos chicos problemas chicos. Chicos grandes problemas grandes"?. Es broma pero no es mentira.


Te salva la tribu. Armar red de contención. Gente que te escucha exorcisar los pensamientos más turbios y no te juzga. Por el contrario te hace un té, te compra un chocolate o lleva a la plaza a tu hijo para que puedas dormirte una siesta o depilarte el bozo. Agradezco y honro la muerte de esa que fuí y este renacer. Agradezco a mi León por haberme elegido como mamá. Agradezco a mi tribu que sostiene fuerte incluso cuando aparento que no me derrumbo. Y en especial a ese  que, aunque los huevos solo los tuvo bien puestos para salir corriendo e huir de sus responsabilidades, sin saber -y sin querer- me hizo el mejor regalo posible.





martes, 13 de mayo de 2025

CARTA A UN PADRE QUE NO ESTA

No sé si alguna vez te preguntás por él. No sé si alguna vez soñás con su voz, o si cuando ves a un chico de su edad en la calle, algo se te aprieta por dentro. Pero yo quiero decirte algo que quizá ya sepas, o quizá hayas tratado de olvidar: aunque no estés, seguís siendo su papá. Ausente, pero papá al fin. 

Porque desaparecer no borra el lazo. No borra el 50% de ADN que él lleva con vos, ni los gestos que heredó sin conocerte. Es alto, flaco y atlético, como vos. Carismático. Creativo. Rechina los dientes cuando duerme. Ama a los animales, todos. Hasta los que dan un poco de miedo. Sueña con ser millonario y youtuber. Se ríe fuerte. 

Y cada tres o cuatro meses me pregunta por vos. No con bronca. Con genuina curiosidad. Como quien sabe que falta una pieza del rompecabezas, pero no se enoja con el fabricante. Y yo, que lo veo crecer, no puedo ser madre y padre. No me alcanza. No me sale. Porque no hay tal cosa. Solo soy una madre, haciendo lo mejor que puedo. 

La imagen del padre, la construye con lo que no tiene. Con lo que escucha, con lo que imagina, con lo que espera. Tu ausencia no es un olvido. Es una presencia que duele en silencio. Que pesa en cada pregunta sin respuesta. Que deja huella en los lugares vacíos: en las fotos escolares, en los actos del colegio, en los partidos del sábado, en los abrazos que se da a sí mismo cuando no sabe a quién pedir consuelo. 

No escribo para reclamarte nada. No te pido explicaciones. No busco pelea. Solo quería recordarte que allá afuera hay un ser humano que lleva tu historia en su sangre. Y que, aunque vos no lo veas, existe. Y aunque vos no estés, te espera. 

En una familia repleta de gallinas a veces comete el delirio de decir que es de Boca. Me imagino lo feliz que te haría saber eso.

Obvio que me pregunto qué fue lo que se activó adentro tuyo con la noticia de mi embarazo. A veces pienso que es la religión. Pero de qué sirve ayunar un mes entero en Ramadán sino respondes a los principios más fundamentales. En otras ocasiones pienso en el peso que la opinión de tu padre tiene sobre vos (la cual espero que haya cambiado) y tu miedo a decepcionarlo con una noticia semejante. Que el refuerce su teoría de que en verdad no sos lo suficientemente bueno. 

Pero me encantaría preguntarte algo que me intriga mucho. A quién es peor decepcionar más: a un padre que no te quiso demasiado o a un hijo que se muere por quererte?

domingo, 11 de mayo de 2025

EL AMOR EN TIEMPOS DE SCROLLEO

Cuarenta. Cuarenta años. Cuatro décadas. El pelo lleno de canas, dos vermús y un buen polvo de nostalgia. Así me encuentro: a punto de cumplir 40 en enero, ese mes en el que todo el mundo está de vacaciones y nadie te viene a saludar porque están muy ocupados con la arena, el sol y el "nos vemos a la vuelta". 

Spoiler: de chica tampoco venían. Cumpleaños en enero es sinónimo de piñata vacía y amigas en la costa. Paradigmas que una arrastra hasta el presente, como el flequillo mal cortado o el amor por los hombres emocionalmente no disponibles. 

 Y sin embargo, acá estoy: con casi 40 encima y con una idea absurda, maravillosa y fuera de época… quiero volver a enamorarme. Sí, dije enamorarme. Esa cosa cursi, arriesgada y cada vez menos común. Tan vintage e incómodo, que no sabés si te va a dejar el corazón hecho una remera vieja que solo sirve para limpiar vidrios o si va a terminar en una historia digna de contarle al mundo. 

Lo sé, lo sé… Enamorarse hoy es casi como usar pantalones de corderoy: incómodo, pasado de moda y poco práctico. Pero a mí me late. Me late fuerte (estamos hablando del corazón, no?) Porque vamos a decir la verdad: Tinder me parece un supermercado del sexo mediocre. Una góndola infinita de perfiles que prometen mucho y entregan poco. La mesa de saldos en oferta. Y lo peor: sin devolución. Si la cita fue un desastre, te la tragas (estamos hablando de la cita, verdad?) como si hubieras comprado un yogur vencido. Mala suerte. 

 Así que pensé… ¿y si hacemos una app como Google Maps, pero de personas? ¡Una donde puedas dejar reseñas de tus citas! “Martín, 3 estrellas. Buen mozo pero habló de su ex toda la noche.” “Pablo, 4 estrellas. Ríe con ganas, pero llegó 45 minutos tarde y no pidió disculpas.” Algo útil, con comentarios reales. Con fotos si hace falta. Con puntuación en “beso”, “charla” y “nivel de trauma no resuelto”. Una app así me haría sentir más conforme. O al menos sabría a qué atenerme antes de invertir en depilarme las piernas y elegir bombacha linda “por si acaso”. 

 Cumplo 40 en enero, sí. Pero por primera vez, no me pesa. Porque tengo ganas de algo real. No busco fuego artificial, busco brasita constante. Alguien que no me quiera convencer de nada, que simplemente quiera quedarse. A reír, a tomar un malbec hablando de música o proyectos inconclusos, a contar historias que no estén curadas con filtro de Instagram. Aunque ya no esté de moda, yo sigo creyendo en el amor. En el ridículo, en el que te pone nerviosa sin razón. En el que te hace pensar “¿y si esta vez sí?” 

 Y si no, bueno… siempre puedo emprender con la app. Porque al final, lo único que nunca pasa de moda es el deseo de que alguien te mire como si fueras el último trago de esa sidra bien fría, en alguna veredita del barrio, un 14 de enero con 27 grados.

lunes, 24 de septiembre de 2018

DE QUE TE SIRVE SENTIR SI NO LO EXPRESAS?

Yo no elegí ser abusada. Simplemente sucedió.

Ya dejé de victimizarme por eso y de sentir que en algún punto me lo merecía. No estoy enojada, no tengo odio en mi corazón. Ya no siento ese rechazo por mí misma ni hacia los demás. Dejé de buscar culpables y de sentirme culpable. Y a él lo pude perdonar. Incluso le tengo compasión, me hubiese gustado poder ayudarlo a ser mejor persona.

Pero a esa niña que me habita, mi niña interior, en ocasiones el mundo le sigue doliendo y pareciendo un sitio muy cruel. Por momentos camina agarrada a mis piernas y moviendo la cabeza en todas las direcciones para ver que nadie se le acerque demasiado. Me cuesta hacerle entender que ahora estoy yo para protegerla y que nada malo va a volver a pasarle, le doy mi palabra. Le explico que el mundo puede ser también un lugar maravilloso si lo miramos desde otra perspectiva. Que no tenga miedo de sufrir porque al final de cuentas cada día que comienza es una nueva oportunidad de hacer algo bueno, de hacer lo correcto. Y hacer lo correcto poco tiene que ver con el reconocimiento ajeno, se trata mas bien de la paz que se siente al tener la certeza de que, aunque nadie nos está mirando, tenemos una conducta elevada. Quizá hacer lo correcto hoy sea compartir este fragmento de mi historia para ayudar a alguien más a reconocer su propio proceso.

La construcción del amor propio, la autovaloración y de lo que a mí me gusta llamar el "egoísmo sagrado" -que se basa en ponerme a mí misma en primer lugar por sobre todas las cosas y evaluar cuál es el verdadero aporte que una persona o situación puede hacerle a mi vida- es una tarea muy ardua pero altamente satisfactoria, quizá el trabajo más difícil pero también el más gratificante que puedas hacer por vos mismo. Merece la pena intentarlo.

Elijo pensar que el transitar por este mundo es un juego de Consciencia. Cuando las cartas se reparten, te toquen las que te toquen, tenes que jugarlo. Y que no gana el que se descarte primero ni el que le saque más ventaja al resto sino que gana aquel que jugando sus cartas, cualesquiera sean, despierte a esa Consciencia suprema que mora en su propio Ser y se instale en ella.

viernes, 26 de mayo de 2017

LA COSA SE PUSO NEGRA (tercera y última parte)

Está parado frente a mí y se está desvistiendo. Lo miro desde la cama tratando de perpetrar este recuerdo en mi memoria para siempre, no quiero que se me escape ningún detalle y suplico que se detenga el tiempo ahora mismo y este momento permanezca tan eterno como sea posible. Afuera el mundo estalla de conflictos, desencuentros y odio y acá, en mi pequeño templo, en este refugio donde esta permitido soñar y ser feliz, está a punto de librarse una mágica batalla de poder y sumisión, donde va a perder el que sucumba primero ante los trucos del otro. Algunos están preocupados por el aumento del dólar y yo solo pienso en que quiero ser penetrada por su hombría.

Si tuviera que describir mi postura frente a esta situación diría que soy lo más parecido a un pavo real macho (porque sí, mi aspecto masculino está desarrollado) con mi plumaje totalmente desplegado para cautivarlo con su belleza pero también buscando intimidarlo hasta que me respete lo suficiente. Es obvio que está acostumbrado a tener el control, no puedo esperar para hacerle temblar el piso.
No se me ocurre una mejor idea para agradecerle sus dedicados masajes que rodear su miembro con mis dos manos hasta depositarlo en mi boca. Dicen que el que pega primero, pega dos veces. Cualquier intento suyo por mantenerse cuerdo no va a dar resultado por la siguiente media hora mientras yo lo siga mirando traviesa y desafiante, sin dejar de estimularlo con mis habilidades.

Busca contra atacar aprovechando mi entrega y en un movimiento limpio y letal, haciendo uso de toda su fuerza, me gira en el aire con la misma destreza que mi vieja gira un panqueque en una sartén y me deja indefensa a la merced de su voluntad. La realidad es que puede aniquilarme y no me asusta, todo lo contrario, me excita de una manera inusual, me humedece, me dilata, me perturba. Quiero sentir ese instante en el que se abre paso dentro mío pero espero que suceda antes de que tenga que pedírselo. Me interpreta a la perfección y se embarca en la dulce tortura de besar cada espacio de mi cuerpo. Está claro que no va a avanzar hasta que se lo pida.

-¿En qué estas pensando?. Me susurra al oído, provocador.
-En que voy a tener que empeñar mis ahorros para comprar una silla de ruedas.

Estalla en una carcajada que lo saca totalmente del clima. Me encanta verlo sonreír y me río también mordiéndome el labio inferior. La química que hay entre nosotros se percibe a un radio de distancia bastante amplio. Estamos envueltos en una poderosa energía que nos conecta más allá de la palabra y empiezo a imaginar que estamos muy cerca de meternos en problemas. Le rodeo el cuerpo con mis brazos y mis piernas y lo traigo hacia mí, se pone serio como quién se vuelve a concentrar en una tarea y se dispone a invadirme, casi sin aviso. Mi cuerpo no está preparado para una conquista semejante pero ha decidido ceder ante su presencia. Con la primera embestida se ganó mi respeto; con la segunda, puso a prueba mis límites y con la tercera consiguió mi lealtad.

Bailamos toda la tarde enredados en las sábanas. Si los vecinos aún no nos han denunciado es porque tienen las manos ocupadas masturbándose gracias a nuestro concierto de quejidos y suplicios. Pienso que si discute con la misma pasión con la que coge entonces no me gustaría verlo nunca enojado. Estoy exhausta, tengo la piel impregnada de fluidos ajenos, manoseado hasta el hartazgo, explorado y conquistado en toda su extensión. Está tirado en la cama mirando al cielo raso, la mitad de mi cuerpo está sobre su cuerpo y la otra mitad está celosa de que no la acarician. No miramos fijo a los ojos durante un buen rato, sin decirnos nada porque no hace falta. Apoyo mi oído en su pecho para escuchar el intento que hace su corazón de volver a latir en un ritmo normal, me acaricia el pelo y me besa en la frente.

- Me tengo que ir a trabajar.- Dice mientras me aprieta y sacude mis glúteos con una sola mano.
- Fue un placer haberte conocido y espero volver a verte algún día.- le contesto, en tono de despedida, asumiendo que quizá esta es la única oportunidad que tengo de expresarle lo mucho que me gustaría repetir la experiencia.
- ¿Qué te parece en tres horas para cenar?
Y vuelvo a quedarme absorta en esa sonrisa peligrosa.


Está enojada y no la culpo, de verdad que no lo hago. No sabe pero sabe, intuye, olfatea, supone, ata cabos, relaciona, imagina que él, su marido, y yo nos hemos involucrado. Como pan y mantequilla, como Bob Esponja y Patricio, como dos moléculas de hidrógeno necesitan una de oxígeno para ser agua. Ese abrazo inicial, ciertamente, terminó siendo uno de esos lugares favoritos en el mundo donde siempre dan ganas de volver.

jueves, 29 de diciembre de 2016

LA COSA SE PUSO NEGRA II

Son las cuatro menos cuarto de la mañana de un sábado y mientras me pinto las uñas de los pies pienso si realmente me gusta este negrazo descomunal o la poca luz de esa noche y las bebidas ingeridas me nublaron el criterio. Hace quince días que nos conocimos y desde entonces no hemos dejado de planear como sería este nuevo encuentro. Estoy nerviosa, lo admito. ¿Y si ahora no me gusta? ¿Y si el idioma se convierte en una barrera para comunicarnos? ¿Y si me parte al medio o me lastima? ¿Y si nunca aparece? ¿Y si mejor me dejo de joder y me voy a dormir? Más me vale estar lúcida mañana porque quizá sea el primer día del resto de mi vida. Además al despertarme tengo que terminar de ordenar algunas cosas en el pequeño pero prolijo y siempre bien aromático mono ambiente en el que vivo. ¿Debería invitarlo a mi casa tan pronto? me pregunto por último. ¡Pero que clase de pregunta es esa! Me respondo casi al instante. Hemos pasado estas últimas dos semanas conversando durante largas e interminables horas acerca de nuestras vidas por separadas y en conjunto. Es obvio que lo voy a invitar porque aunque una parte de mí está preocupada por su integridad física y emocional, la otra quiere que venga lo antes posible.

Me despierto con una sensación en el cuerpo mezcla de adrenalina, endorfinas y ansiedad muy parecida a la que se vive cuando cumplís quince años. Hoy voy a verlo. Estoy emocionada y asustada por igual, signo de que efectivamente me gusta este hombre. Se está haciendo tarde, mejor me doy prisa. Son las dos y media de la tarde y me dice que en media hora nos encontramos en una casa de comida rápida cerca de su hotel. Decido ponerme un vestido de esos que caminan por la delgada línea entre sexy e infantil, original y ridículo. En este momento deben estar haciendo treinta y cinco grados a la sombra así que tomar el subte es un alivio.

Llegué. Me persigno imaginariamente frente a un Dios en el que no creo, atravieso la puerta y mi corazón comienza a galopar más fuerte que todos los caballos del hipódromo de Palermo, creo que intenta salirse de mi pecho e huir despavorido a cruzar la avenida nueve de julio esperando que algún taxista desquiciado lo atropelle. Tengo el pelo suelto, muy poco maquillaje y una sonrisa que no se me borra porque estoy muy nerviosa y porque sé positivamente que con ella puedo lograr que cualquier hombre se rinda a mis pies. Me abraza fuerte y me recorre íntegra con la mirada libidinosa, esa misma que usó al despedirnos tiempo atrás. Está acompañado por otro sexy hombre de su tamaño y no puedo evitar pensar que es injusto y hasta adolescente tener una cita un domingo a las tres de la tarde en un Mc Donald´s con alguien que viene con apoyo logístico. Me recuerda cuando no existía celulares, internet ni redes sociales y la fuente de agua frente a la Catedral de Mar del Plata era punto de reunión de amigos, amantes, prófugos y relaciones públicas de matinee. Por un momento pienso en que están planeando raptarme y venderme a la red de trata de personas y al instante siguiente me surge la idea de que van a intentar persuadirme de tener sexo con ambos a lo cual creo que no voy a presentar mucha resistencia. Me río de mis propios pensamientos y trato de evaporarlos, los caballos se convirtieron en ratones y se mudaron de mi pecho a mi cabeza. ¡Basta muchachos!¡Se calman!, le dije a los roedores mentales. Intento parecer normal. "Es la primera vez de mi amigo aquí y no habla una palabra en español. Vamos a acompañarlo de vuelta al hotel y estoy libre", me dice.

Aún no llega el verano y el calor incendia el asfalto mientras su sola presencia hace lo mismo en mi entrepierna. Es mucho más alto y simpático de lo que recordaba. No almorcé nada y se me ocurre que ir por un helado es una buena opción. Se queja un poco del calor al tiempo que se quita la remera oscura que lleva puesta y se queda con una musculosa blanca de morley de esas que usan los gangsters y raperos en las películas. ¡Qué infernal es! Su piel brilla y su sudor emana aroma a coco y almendras y por un segundo deseo profundamente empezar a lamerlo en plena calle y apretarlo. Sí, sí, tengo muchas ganas de apretarlo sobre todo contra mi cuerpo. Nos sentamos en un banco a la sombra, llueven flores de los árboles del parque esta tarde de primavera y no puedo evitar mirarle la boca cada vez que me habla. "¿Querés venir un rato a mi casa?", escupo casi como un eructo. "Sí". Rotundo, preciso, certero, decidido. Así de bien se debe sentir cuando dos enamorados están en un altar. Y allá vamos... a mi casa, no al altar.

Dos días antes le conté lo mucho que me duele la espalda y de camino se ofrece a hacerme unos masajes a lo que no presento ninguna resistencia. El taxi ha llegado a destino. Entramos. Prendo un incienso, pongo algo de Erikah Badu a sonar para ambientar y atestiguar este encuentro mientras busco en el placard un poco de aceite para masajes. Me recuesto boca abajo en la cama, me quito el corpiño y dejo caer por mis hombros los breteles del vestido hasta quedar con la espalda totalmente descubierta. Este vestido pasa automáticamente a ser una de mis prendas favoritas ya que creo que la ropa cuenta historias. Siempre tenemos más aprecio por algunas prendas que por otras, no por lo que cuesten si no por las experiencias que han vivido y este vestido me recordará por siempre a estos futuros masajes tan desesperados de deseo. Me besa la nuca provocando el colapso de todas mis terminales nerviosas y los pelos se me erizan como a un gato amenazado. Comienza a masajearme la espalda, sus dedos son tan largos que la cubren casi por completo. Alguien debería haberme advertido... Esta clase de hombres deberían venir con un manual de instrucciones, un cartel de "WARNING" al menos. Puedo sentir su energía y sus intenciones a través del calor de sus manos, esto aún no ha empezado y yo acabo de decidir que, pase lo que pase, esta bestia predadora no va atravesar el umbral de mi puerta y dejar mi hogar siendo la misma persona que cuando entró.

Continuará ...

miércoles, 14 de diciembre de 2016

LA COSA SE PUSO NEGRA


"Estoy yendo a Argentina nuevamente y no encontraré paz hasta el día que te haga pagar por lo que hiciste. No tuve energías el año pasado pero esta vez si no te encuentro personalmente pagaré a alguien con la plata de mi marido para que lo haga y te arrepentirás de por vida de haberlo tocado."

Me atoré con la tostada. Esa mañana el desayuno era esta bomba y no había mate capaz de hacerla digerir. Está enojada y no la culpo, de verdad que no lo hago. No sabe pero sabe, intuye, olfatea, supone, ata cabos, relaciona, imagina, además tiene mucho tiempo. Ese famoso sexto sentido que nos atribuyen a las mujeres y del que en ocasiones nos enorgullecemos también puede torturarnos. En el fondo, en esa parte bien íntima de nosotras mismas donde se nos anudan los problemas, muchas veces desearíamos que las entrañas nos fallen.

Pero vayamos al principio. Viajemos a mi adolescencia perturbada donde Dennis Rodman empapelaba las paredes de mi habitación y participaba de mis sueños eróticos. Soñaba con grandes, transpirados y brillantes músculos negros después de mirar a los Bulls por la televisión. Supongo que ese mismo deseo reprimido fue el que me impulsó esa noche a agarrarlo de la mano cuando lo vi pasando por delante mío en el boliche, con la diferencia de que veinte años después sabía que ciertas decisiones pueden llevarte a otro nivel. Camino de ida que le dicen por ahí.

Cuando se dio vuelta me topé con la dureza de sus pectorales lo que me permitió recorrerlo, explorarlo, apreciar los siguientes cuarenta centímetros hasta dar con su mirada como quien contempla absorto una pieza de arte. "No hablo español" dijo con torpeza sin dejar de mostrarme sus hermosos dientes blancos a través de su carnosa sonrisa. Y ahí estaba yo hipnotizada, boquiabierta, estupefacta y poseída por la húmeda idea de morder esos labios exagerados, de caer rendida en esos interminables brazos musculosos. Él esperaba paciente a que yo volviera a este planeta sosteniendo mi mano con un poco más de fuerza ahora y atravesándome con la mirada, como una daga encendida, me incendiaba el cuerpo y la mente. "I don´t speak english but we can dance" alcancé a balbucear y vi el alivio en su cara. Más tarde entendería que él preferiría hacer el intento de entender mi inglés antes que de practicar su español.

Bailamos y conversamos durante toda la noche. Me fascina comprobar una vez más que hay un lenguaje universal que trasciende la palabra y es el lenguaje corporal, el lenguaje del amor, un lenguaje que afortunadamente no entiende de barreras y permite que dos personas completamente desconocidas puedan sentirse cercanas al cabo de un rato. Y ahí estábamos nosotros fluyendo en el mar de la seducción, coqueteando como adolescentes enardecidos, emanando ondas lujuriosas a través del calor de nuestras manos, de la aceleración del ritmo cardíaco, de las gotas de sudor rodando desde la frente hacia las sienes. Tengo la costumbre de salir sola y a esta altura de mi vida supongo que es un poco por cábala ya que muchas de las experiencias más lindas que he tenido fueron posibles gracias a vencer arduas batallas libradas contra Netflix, el sofá, los rechazos de mis amigas a salir y mis propias limitaciones mentales y otro poco porque soy la única en todos mis grupos de amigas que sigue soltera y sin hijos. Me bastó con mirar cómo se abría paso entre la multitud, mientras tomándome de la mano custodió mi andar hasta la puerta del baño y se detuvo allí cual guardaespaldas de Madonna a esperar que yo saliera, para agradecer a Dios, al Universo, a mi suerte de principiante o a todo eso junto de tener el suficiente coraje de animarme a vivir, de investigar y de creer que "NO" es una palabra que debería estar prohibida en ciertos contextos. Si él era la persona con la que cumpliría mi fantasía de acostarme con un negro eso equivalía a ir a jugar tu primer picado en el potrero de barrio y que en el pan y queso se decida que Messi juega para tu equipo.

Sin embargo esa noche lo único que le dí -teniendo yo tanto para dar- fue mi número de teléfono. Al día siguiente me tocaba trabajar muy temprano en un Congreso y una de las pocas lecciones de cocina que recuerdo haber retenido de mi madre es que la comida sabe mejor si se la cocina a fuego lento, es así como cada ingrediente desprende mejor su aroma hasta fundirse en uno solo y para saborear este delicioso banquete si había algo que no necesitaba que escaseara era el tiempo. Yo, la reina del fast food, la que almorzaba en la fila del banco o cenaba galletitas de agua con queso untable y mate por no cocinar, me había propuesto dejar servido el postre más delicioso para volver sola a casa de mis padres. Dos semanas después, según me había contado un rato antes, le tocaba viajar a la ciudad donde vivo actualmente. "De acuerdo, entonces ya mismo comienzo con el ayuno", pensé.

Nos despedimos con un abrazo intenso e interminable como el deseo que nos envolvía, como si ambos supiéramos con exactitud que ese abrazo acabaría siendo más tarde un refugio, uno de esos lugares favoritos en el mundo donde siempre dan ganas de volver. No terminaba de encender mi auto cuando sentí que me había enamorado y no acababa de entrar en mi casa cuando recibí un mensaje suyo. "Que descanses, hermosa. Nice to meet you, see you in two weeks".

Continuará...