Entró al consultorio pensando "me siento rara".
Fiebre leve, malestar general y una ansiedad que se le notaba en las piernas cruzadas con demasiada tensión.
—Pasá —dijo el médico—. Te voy a revisar.
Lo miró y se mareó de verdad.
Era perfecto.
Torso ancho, antebrazos venosos, voz grave, ojos que te desnudan sin mover un dedo.
Y esas manos. Por favor, ESAS MANOS!
Se sentó. Él le tocó el cuello para palpar las amígdalas y la calentura le subió hasta las orejas.
Y entonces sucedió.
Pero no en la realidad.
En esa dimensión paralela donde las fantasías se desatan sin pedir permiso.
Él cerraba la puerta del consultorio con llave.
Ella se paraba frente a él, dejando caer la camisa
La falda se abría sola.
Y ahí estaban:
Su lengua recorriéndole el cuello, los dientes en la clavícula.
Las manos del médico bajándole la ropa interior con la misma precisión con la que mide la temperatura.
La sentaba en la camilla y se arrodillaba frente a ella, como si rezara en un altar sagrado.
La boca húmeda, hambrienta.
Los dedos jugando entre sus muslos, deslizándose sin pedir permiso.
Ella gemía.
Él la miraba desde abajo, con los labios brillando y una sonrisa obscena.
Después la alzaba y la hacía suya con una fuerza que no enseñan en ninguna universidad de medicina.
Gemidos contenidos.
Respiraciones rotas.
La camilla que crujía como un testigo silenciado.
Y justo cuando iba a gritar, cuando el orgasmo la iba a partir al medio, la voz de él la sacudió.
—¿Estás bien? ¿Podés arremangarte para que te tome la presión?
Volvió al mundo real.
Seguía ahí, sentada en la camilla frente al doctor, con la ropa puesta y las mejillas rojas.
Él la miraba desconcertado.
Ella sonrió.
—Sí, perdón... me mareé un poco.
Se arremangó.
Y mientras él le envolvía el brazo con el tensiómetro, ella pensaba en que a veces el mejor sexo no se practica… se imagina.
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