Todos los días cerraba el local cinco minutos antes a expensas de correr el riesgo de recibir, al día siguiente, la notificación previa de una multa inminente debido a que "todo los locatarios deben respetar el horario de apertura y cierre comercial dentro de este establecimiento". Todos los días realizaba una maratón de cinco cuadras y media tomando atajo al cruzar la plaza en diagonal para llegar, en tiempo y forma, hasta la garita donde a veces lo perdía. Todos las noches subía al colectivo, saludaba cordialmente y me disponía a pagar los ochenta centavos que solventarían mi pasaporte de veinte minutos hasta la calidez del hogar. Bueno, todas no.
En esa época todavía creía en los cuentos de hadas, el amor color de rosa, los príncipes azules. Esa noche cerré el local cinco minutos antes, corrí cinco cuadras y media cortando camino por la plaza, me subí al colectivo, saludé cordialmente... pero no pagué.
-Uno boleto, por favor.
- . . .
-Uno de ochenta, por favor.
-No, pasá.
-¿Perdón?
Miré al chofer con la escasa paciencia que tienen aquellas personas que salen de su casa muy temprano por la mañana y vuelven a altas horas de la noche, que no pueden dormir siesta ni comer comida casera en el horario de almuerzo. Nunca había visto una sonrisa tan hermosa capaz de quitarme en segundos la poca paciencia que me quedaba.
-Mientras yo siga teniendo el privilegio de poder llevarte todas las noches, vos no vas a pagar más boleto. Ahora pasá y dejá de cacarear porque me estás demorando y la gente que espera para subir tiene frío.
En esa época también era menos contestadora, mas ubicada y vergonzosa. ¿Quién se creía ese para no cobrarme, sonreírme tan lindo y encima de todo burlarse de mí delante de otras personas comparándome con una gallina quejosa? No sé. Pero lo que sé es que me fuí a sentar sin decir ni mú y que no pude nunca más dejar de pensar en él.
Así transcurrieron cuatro meses. Cerraba, corría, subía, a veces peleaba mi derecho a pagar como todo el mundo (después de todo mi belleza no valía ochenta míseros centavos), a veces, cansada y para no pasar por histérica, simplemente saludaba y me sentaba.
El nunca dejaba de sonreírme y yo lo amaba cada día un poco más. Las mujeres tenemos la incomprensible capacidad de inventarnos todo a partir de nada asique comencé una relación imaginaria sin saber siquiera cómo se llamaba. Luego de cuatro meses tenía diseñadas siete posibilidades concretas de cómo podrían llegar a ser las facciones de nuestros futuros hijos y sus nombres.
Un día me subo a su colectivo (porque ya no era cualquier bondi pedorro sino el suyo) y tenía un bocadito Cabsha en la máquina que expende los boletos. Le pido que me lo regale (ya estaba mas relajada y esos bocaditos rellenos con rhum sacan lo mejor de mi persona) pero se niega a hacerlo.
-Es un regalo que me hicieron asique ya sabés.
Ya se ¿qué? Qué descarado!!! primero por no dármelo y segundo por pensar que yo también sería capaz de tomarme la molestia de comprarle alguna vez uno. Al otro día me subo y le dejo encima de la máquina expendora de boletos, un bocadito Cabsha.
-Gracias.
-No me agradezcas que no es para vos sino para mí. Para que me lo regales cuando me bajo.
Empezó a reír, supongo que confirmó que soy una persona fácil de persuadir. Me senté por primera vez en el primer asiento.
-Sabés una cosa? No te lo voy a regalar, me lo voy a comer ahora. ( y se lo comió nomás)
-Bueno, entonces yo me voy a comer el tuyo. El que sí compré pensando en vos para darte al bajarme. ( y me lo comí )
Empecé a reír, supongo que confirmé que era el tipo más reo y maravilloso de este mundo. Se puso por primera vez incómodo.
Siempre me gustó dormirme en los colectivos. Soy una campeona mundial en hacerlo con la boca abierta y la cabeza colgando para atrás y en despertarme una parada antes de la que me corresponde para poder peinarme, acomodarme la ropa y bajar como la Reina del Mar. Pero esa noche me falló el cálculo, me desperté acomodándome los pelos y tratando de lubricarme la garganta pero diez minutos después.
- ¡La puta madre, carajo! ¿Vani? Soy la gorda, amiga, me pasé de la parada.
-Jajajaja, te dormiste, gordolfa, que bolú. Dale, te espero, avisame cuando estés por alfar que te voy a buscar a la parada.
Él no entendía nada. Quizá pensó que finalmente Dios había oído sus plegarias y yo lo íba a acompañar hasta donde fuera necesario para declararle mi amor imaginario. Y no fué así pero casi. Justo donde el recorrido de esa línea termina, mi mejor amiga estaba esperándome para darme cobijo en su hogar y prestarme sus oídos. Llegamos. Me bajo.
-Esperá! Nunca me dijiste tu nombre!
-Dafne... ¿Y el tuyo?
-¿Cómo? Anotámelo porque no me lo pienso acordar.
Me dá una lapicera y un boleto. Se lo escribo al tiempo que el me anota el suyo y me lo entrega.
-Lo de arriba es mi nombre y lo de abajo, mi apellido.
Me bajo para encontrarme con Vani que miraba la escena como el momento cúlmine de la novela de las nueve donde cinco segundos antes de terminar, pasa eso que estuviste esperando durante una hora.
-¡Qué te dijo ,amiga!
-Me dió un papel con el nombre anotado.
-¿Y cómo se llama?
-No sé, no lo miré todavía. Arrancá ya, sacame de acá.
-Dámelo, yo te digo, tiene cara de Pablo.
-¿Está mirando para acá?
-Si, obvio. Toquemosle bocina.
-Arrancá ya!
El papel tenía efectivamente su nombre pero su apellido era un número de celular.
-Que pendejo creído...
-Si amiga, pero está bueno y a vos te encanta. Vamos a llamarlo.
-¿Ahora?
-Sí, ya. Vos hablá desde el inalámbrico que yo los escucho desde el fijo.
-¿Y que le digo?
-Gorda, cualquier cosa. Maneja un colectivo no es premio nobel de literatura.
-Precisamente, no debe tener nada interesante para decir y yo de bulones, pistones y máquinas expendedoras de boletos, cero.
-Dale...
Marqué un número de celular anotado como apellido en un papel, que me diera un colectivero de línea al que conocí cuatro meses antes, del cual me había enamorado platónicamente, quien me negara un chocolate luego de haberme rebajado al pedírselo, y el cual no hiciera ni el mas mínimo intento de retener en su memoria mi nombre. Suena una sola vez. Atiende.
-Hola, soy Dafne.
-Ya sé. Sabía que me ibas a llamar.
(CONTINUARÁ)
QUIERO LA SEGUNDA PARTE!!!!
ResponderEliminarOk, marche una segunda parte para la mesa cuatroooo
ResponderEliminarLo de la forma de dormir en el colectivo me consta...jaja el otro dia me parecio que eras vos en el 23 y lo confirme cuando te bajaste...
ResponderEliminarJajaja!!! La clara evidencia de que no miento! No me veo pero me imagino y con eso me basta
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