lunes, 9 de febrero de 2026

ALMA DE ARTISTA

 Hay algo que nunca pude domesticar: mi alma de artista.


De chica quería ser doctora pero también bailarina. (Y ni una ni la otra).


Yo era la paquita de Xuxa frente al espejo del placard, la corista de Tina Turner sacudiendo un cepillo como micrófono y parte del staff de Michael Jackson, deslizándome por el pasillo con medias, como si fuera el escenario del Madison Square Garden. No lo logré (pero tampoco me lo propuse).


La vida —esa coreógrafa exigente— me fue llevando por otros caminos.

Crecí, trabajé, fui madre, pagué cuentas, hice malabares con responsabilidades… y guardé ese brillo en un cajón donde viven las versiones de una misma que no llegaron a ser.


Pero resulta que a esta altura del partido, cuando una ya hizo las paces con casi todo, apareció una oportunidad.

Y vino con un plus enorme: hacerlo junto a mi mentor, mi profe y amigo.

Ese que me enseñó técnicas que todavía guardo en el cuerpo, como si fueran memoria muscular del alma.


Quienes me conocen hace poco pueden pensar que soy osada, que estoy un poco loca, que no tengo límites.

Quienes me conocen hace mucho saben la verdad:

que amo bailar, y que si la vida me ofrece una pista… yo la tomo.


Porque no se trata de convertirse en quien soñaste ser. Se trata de no dejarla morir.


Así que una noche me subí a un escenario y volví a bailar por un ratito.


Por la niña que fui.

Por la mujer que soy.

Y por esa artista que nunca fue pero tampoco se fue. 🙂

domingo, 2 de noviembre de 2025

Halloween: sí o no?

 Hermano qué quilombo que se armó en las redes sociales con el asunto del Halloween.

Que sí... que no... que caiga un chaparrón, arriba del colchón. Ah, re que nada que ver! Se disociaba. 

Ya todos sabemos que en Argentina Halloween nunca fue lo nuestro.


Recuerdo allá por el año 2010, cuando mi Sugar Daddy estaba haciendo la prueba de sonido en un garito donde iba a presentar su último disco. Era la última noche de mi viaje por España. Estábamos en Zaragoza un 31 de octubre. Salí a dar una vuelta por las calles y para mi sorpresa toooooooodo el mundo estaba disfrazado. TODOS. Los bares llenos, las calles, era impresionante. Algo que no había visto jamás. Y les estoy diciendo que pasó hace quince años atrás.

Me perdí el concierto. Decidí no volver a tiempo y quedarme bebiendo unas cañas con unos tipos hermosos. Y vibrar en esa energía festiva de yankilandia pero en europa.

Acá somos más de disfrazarnos solo cuando hay casamiento, fin de año en la oficina o un mundial. Pero claro, después tenés hijos… y las convicciones patrias empiezan a tambalear.

De pronto te encontrás comprando una capa de vampiro en Once, pintando calaveras con témpera y diciendo frases como “solo por esta vez”.

Esa frase que toda madre dice sabiendo perfectamente que ya no hay vuelta atrás.

Porque una vez que tu hijo descubre el poder de decir “dulce o truco”, se acabó la resistencia cultural.


Y ahí estás, colgando fantasmitas de papel, mientras pensás que, de chica, tu vieja no te dejaba ni mascar chicle.

Y te reís.

Porque entendés que tener hijos no solo te cambia la rutina… te reescribe el manual de coherencia.


De golpe te parece simpático un festejo importado, y te das cuenta de que lo importante no es de qué país viene la tradición, sino qué emoción deja.

Y si reírte con tu hijo disfrazado de zombie te arranca una sonrisa más que un spot de campaña, entonces bienvenido sea el capitalismo festivo.


Después de todo, somos un país donde se discute Halloween pero se defiende con fervor el cchoripán de cancha o recital. Donde la camiseta de la Selección une más que las urnas, y donde el grito de gol tiene más poder de convocatoria que cualquier discurso político.


Así que sí, este año voy a celebrar Halloween.

No por Estados Unidos, ni por la globalización.

Sino porque mi hijo se ríe, porque la vida necesita juego, y porque ya hay suficiente miedo y amargura en el mundo como para seguir negando una fiesta. 


jueves, 30 de octubre de 2025

Verano: ese reality donde todos fingen sorpresa al descubrir que el invierno dejó huella

 Llega noviembre y, con él, la época más hipócrita del año: la del “todavía estoy a tiempo de ponerme en forma”.


Bueno... NO, Dafne, no lo estás.

A menos que el verano al que apuntes sea el del 2030, y aun así lo dudo porque entre la sidra, el vermú, las papas fritas y el choripán del 25, se nos va cualquier chance de “definir el abdomen”.


Yo ya lo asumí: no llego en forma al verano.

Ni al próximo.

Ni al de mi próxima reencarnación.


La celulitis y yo firmamos un convenio de convivencia pacífica. Ella se queda, yo dejo de odiarla. Porque la vida es demasiado corta para decirle que no a una pizza.

Y si tengo que elegir entre radiofrecuencia, mio-up y una picada con vermú frío…

que me reemplace la máquina.


El bronceado disimula, el humor salva, y la sidra bien fría hace que todo importe un poco menos.

Así que si me ven en la playa con el traje de baño y la confianza puesta, no me digan “qué valiente”. No es valentía, es aceptación (y un 40% de alcohol etílico).


Porque sí, el verano me agarra otra vez con panza, celulitis y cero ganas de sufrir por eso.

Y qué suerte.

Porque las mejores historias no nacen en un gimnasio, nacen con la panza llena y el corazón contento.

Igual qué lástima que vivo en Mar del Plata y no en Jamaica, Brasil o Miami, donde los hombres se derriten por mujeres como yo: carnosas, abundantes y curvilíneas, con caderas que cuentan historias y piernas que no entran en los cánones, pero sí en las fantasías.

Acá, en cambio, el frío marplatense congela hasta el autoestima.
Y los algoritmos siguen vendiendo el mito del “fit”, del “detox”, del “plan verano”, como si tu cuerpo necesitara una auditoría para ponerse un bikini.

Pero no.
Mi cuerpo no necesita aprobación, necesita sol.
Y ganas.
Y un poco de salsa en vez de culpa.

Porque si viviera en Jamaica, estaría bailando con orgullo mi celulitis al ritmo del dancehall. En Brasil, sería patrimonio cultural. Y en Miami, tendría un club de fans.

Pero bueno, me tocó Mar del Plata.
Así que bailo igual, con las piernas que tengo y el alma encendida.
Porque a fin de cuentas el problema no es el cuerpo: es el lugar donde aún no aprendieron a celebrarlo.

miércoles, 24 de septiembre de 2025

Qué lindo que te den como chancla vieja: duro y sin piedad.

El verdad que el romanticismo está en crisis. Que ya nadie escribe cartas, que los besos no duran y que es difícil la conexión.

Pero hay algo que nunca pasa de moda:

Ese momento en que alguien te mira, te agarra, y te da como a cajón que no cierra.


Sí, lo dije! FUERTE Y CLARO. Y no me arrepiento. Qué lindo es que te peguen una buena culeada.


Porque hay una verdad universal y poco confesada: a veces, lo único que se necesita es una buena sacudida con entrega, fuerza y garra.


Y no estoy hablando solo de fuerza física.

Estoy hablando de la intensidad emocional, del cuerpo que se rinde al deseo como si no existiera mañana, del "me vas a olvidar, pero no esta noche".

Porque el sexo fuerte no es solo hardcore.

Es conexión brutal.

Es entrega sin miedo a despeinarse, a romper una media o a que se escuche el colchón haciendo más ruido que tu reputación.


Y sí, hay una delgada línea entre que te amen con fuerza… y que parezca que están haciendo crossfit encima tuyo.

Por eso se valora al que lo hace bien. Gracias señor por esos hombres que no se guardan nada, que no miden generosidad pasional. Al que no pide permiso con palabras, pero lo hace con piel, con mirada, con presencia.

Ese que sabe que no se trata de apurar los trámites sino de tomarse el tiempo para penetrar sin miedo. Emocionalmente, físicamente, existencialmente.


Y cuando todo termina y quedás tirada como trapo en la cama, pensás:

"Quién puede quejarse de no haber recibido un ramo en primavera cuando se liga flor de cogida. Qué lindo fue."


lunes, 22 de septiembre de 2025

Síntomas febriles

 Entró al consultorio pensando "me siento rara".

Fiebre leve, malestar general y una ansiedad que se le notaba en las piernas cruzadas con demasiada tensión.


—Pasá —dijo el médico—. Te voy a revisar.


Lo miró y se mareó de verdad.

Era perfecto.

Torso ancho, antebrazos venosos, voz grave, ojos que te desnudan sin mover un dedo.

Y esas manos. Por favor, ESAS MANOS!


Se sentó. Él le tocó el cuello  para palpar las amígdalas y la calentura le subió hasta las orejas.


Y entonces sucedió.

Pero no en la realidad.

En esa dimensión paralela donde las fantasías se desatan sin pedir permiso.


Él cerraba la puerta del consultorio con llave.

Ella se paraba frente a él, dejando caer la camisa

La falda se abría sola.

Y ahí estaban:

Su lengua recorriéndole el cuello, los dientes en la clavícula.

Las manos del médico bajándole la ropa interior con la misma precisión con la que mide la temperatura.


La sentaba en la camilla y se arrodillaba frente a ella, como si rezara en un altar sagrado.

La boca húmeda, hambrienta.

Los dedos jugando entre sus muslos, deslizándose sin pedir permiso.


Ella gemía.

Él la miraba desde abajo, con los labios brillando y una sonrisa obscena.

Después la alzaba y la hacía suya con una fuerza que no enseñan en ninguna universidad de medicina.


Gemidos contenidos.

Respiraciones rotas.

La camilla que crujía como un testigo silenciado.


Y justo cuando iba a gritar, cuando el orgasmo la iba a partir al medio, la voz de él la sacudió.


—¿Estás bien? ¿Podés arremangarte para que te tome la presión?


Volvió al mundo real.

Seguía ahí, sentada en la camilla frente al doctor, con la ropa puesta y las mejillas rojas.

Él la miraba desconcertado.

Ella sonrió.


—Sí, perdón... me mareé un poco.


Se arremangó.

Y mientras él le envolvía el brazo con el tensiómetro, ella pensaba en que a veces el mejor sexo no se practica… se imagina.

lunes, 21 de julio de 2025

En esta vida solo quiero mate, memes y mis amigxs cerca.

 La amistad, che… esa maravilla argenta que empieza con un “¿te copa salir?” y termina con un “acá estoy, siempre”.

Porque si algo sabemos hacer bien en este país —además de asado, mate y quejarnos con razón— es armar una familia paralela de amigos que no te juzgan si llegás con cara de lunes un sábado, si llorás por el mismo ex por quinta vez, o si te ponés en pedo con dos fernet.


Amigos son los que aparecen cuando todo se cae… o cuando hay chisme.

Los que te dicen la verdad aunque duela, pero después te ceban el mate con cariño.

Los que no te abandonan ni cuando tu vida parece un capítulo de Casados con Hijos cruzado con Black Mirror.


Son los que te mandan memes en vez de terapia.

Los que sabés que si no te responden en el grupo es porque están vivos, ocupados o con resaca.

Los que te bancan en el barro y en la gloria.

Y que, aunque pasen meses sin verse, cuando se juntan es como si no hubiese pasado ni un día.


Porque la amistad no tiene obligación, pero sí compromiso.

No tiene reglas, pero sí códigos.

Y no siempre tiene la misma intensidad, pero si es real, se convierte en un vínculo atemporal.


Así que brindemos hoy por esa familia elegida, la que nos salva todos los días de perder la cabeza y nos recuerda que, por más que todo esté jodido, con amigos cerca, la vida siempre vale el quilombo.


domingo, 6 de julio de 2025

Un turro al año no hace daño (y a veces hasta hace bien)

 Hay que decirlo con todas las letras: el turro tiene mala prensa. Pero en el fondo… todos tuvimos uno que nos sacó una sonrisa, nos revolvió el alma y nos hizo sentir más vivas que una alarma de incendio a las 3 de la mañana.


Porque el turro, ese espécimen argento de manual, no se caracteriza por la estabilidad emocional, ni por la responsabilidad afectiva. Pero ¡cómo besa! ¡Cómo mira! ¡Cómo te hace reír en el momento justo!

Es el que te manda un “¿estás?” a las 2.14 a.m. y vos, aunque ya sabés cómo termina la película, igual la volvés a ver porque hay algo en esa forma de llegar tarde… que te toca.


El turro es encantador sin esfuerzo, contradictorio, intenso, y –aunque lo niegue– bastante sensible.

Te puede hablar del último partido de la Libertadores y, en la misma conversación, contarte que sueña con tener una cabañita en el sur y un perro que se llame Marley.

Tiene cero planes de futuro contigo, pero te hace sentir que sos el presente más vibrante de su vida.


Y no, probablemente no sea el que se quede.

Pero a veces se necesita uno que no se quede, pero que te despierte.

Uno que te devuelva al cuerpo, a la piel, a las ganas.

Que te haga perder un poquito la cabeza para después encontrarte más lúcida que nunca.


Así que no lo niegues.

No lo ocultes.

No lo odies.


Porque si fue un turro de los buenos, te hizo reír, te hizo vibrar y, al final del día, también te enseñó algo.