lunes, 9 de febrero de 2026

ALMA DE ARTISTA

 Hay algo que nunca pude domesticar: mi alma de artista.


De chica quería ser doctora pero también bailarina. (Y ni una ni la otra).


Yo era la paquita de Xuxa frente al espejo del placard, la corista de Tina Turner sacudiendo un cepillo como micrófono y parte del staff de Michael Jackson, deslizándome por el pasillo con medias, como si fuera el escenario del Madison Square Garden. No lo logré (pero tampoco me lo propuse).


La vida —esa coreógrafa exigente— me fue llevando por otros caminos.

Crecí, trabajé, fui madre, pagué cuentas, hice malabares con responsabilidades… y guardé ese brillo en un cajón donde viven las versiones de una misma que no llegaron a ser.


Pero resulta que a esta altura del partido, cuando una ya hizo las paces con casi todo, apareció una oportunidad.

Y vino con un plus enorme: hacerlo junto a mi mentor, mi profe y amigo.

Ese que me enseñó técnicas que todavía guardo en el cuerpo, como si fueran memoria muscular del alma.


Quienes me conocen hace poco pueden pensar que soy osada, que estoy un poco loca, que no tengo límites.

Quienes me conocen hace mucho saben la verdad:

que amo bailar, y que si la vida me ofrece una pista… yo la tomo.


Porque no se trata de convertirse en quien soñaste ser. Se trata de no dejarla morir.


Así que una noche me subí a un escenario y volví a bailar por un ratito.


Por la niña que fui.

Por la mujer que soy.

Y por esa artista que nunca fue pero tampoco se fue. 🙂